El cuento del Martillo             Rita Vespa

 

 

 

                                                                                          Traducción: Mercè Soley Argelaguet

 

 

 

 

 

 

   Teófilo construía la casa y hablaba con el martillo:

- Martillo, eres mi amigo mas cercano. Cuando acabe la casa te colgaré en un friso bellamente decorado en la entrada principal. Pero bueno, bueno, donde he metido de nuevo los clavos... - Pensaba Teófilo golpeándose la frente  - Ah, aquí están.

Cogió en la mano un clavo, al principio lo golpeaba delicadamente con el martillo y ya después con fuerza lo golpeaba enérgicamente. Y decía:

- Martillo estas muy bien hecho, sutil,  y fuerte cuando es necesario. Mira cuanto trabajo has hecho.

Teófilo levantó el martillo y lo llevaba por la casa. El martillo estaba orgulloso de si mismo y le daba la razón a las alabanzas de Teófilo. La sencillez personal del martillo le impedía asentir en voz alta. Teófilo volvió al trabajo y de nuevo no supo donde estaban los clavos.

- ¿Dónde he puesto la caja de los clavos? -  Pensaba.

El martillo siempre sabía donde estaban los clavos pero no se atrevía a dirigirse al olvidadizo hombre. Y Teófilo, como de costumbre,  después de darle muchas vueltas se golpeaba la frente y encontraba la caja perdida.

- OH martillo tú nunca te pierdes, eres como un perro leal. Martillito si llegaras a pensar,  tú solo construirías esta casa. Y yo sería un gris servidor de clavos. Realmente es lo que soy  y cogió un clavo para clavar.

El martillo lo clavó con exactitud y estaba completamente de acuerdo con lo que pensaba el servidor de clavos.

Llegó el último día de la construcción de la casa. Teófilo y el martillo estaban inmersos en profundos sentimientos.

- Querido martillo serás el elemento decorativo de nuestra casa. La llamaré : La Casa del Martillo. -  Decía Teófilo y empezó a buscar la cajita.

Para terminar la casa solo quedaba poner el friso encima de la puerta y colgar el martillo. Nervioso, Teófilo, iba de un lado a otro buscando la caja de clavos. Al final ya cansado se sentó,  puso el martillo en la mesa, y con las manos estiradas se golpeaba los muslos.

- Donde he puesto los clavos.  Una aguja en el pajar no se puede encontrar - Se decía.

Naturalmente el martillo sabía donde estaban los clavos. Encima de la caja estaba el friso esculpido y tapaba los clavos. El martillo miraba a Teófilo y pensaba:

- Teófilo date palmadas como de costumbre en la frente y te acordarás inmediatamente donde esta la cajita.

Pero Teófilo sin saber que hacer miraba a su alrededor .

De repente el humilde martillo se dio ánimos y empezó a moverse. De la emoción no podía hablar y pensó:

- Me levantaré y le golpearé en la frente. Entonces recordará que la caja de clavos esta debajo del friso.

El martillo una vez lo pensó así lo hizo. Se levantó y se dejó caer en la frente de Teófilo con gran satisfacción. Ágilmente volvió a su posición encima de la mesa y empezó a esperar a que Teófilo lo colocara en la entrada.  Pero Teófilo nunca lo colocó allí donde había prometido.  Del golpe perdió la memoria y ya nunca la recuperó.

Y hasta hoy día el martillo, estirado en la mesa,  espera con gran aflicción.

 

 

                 

 

         

 

                      

            HOME                                        Ilustración: Kasper Ax  © RitaVespa 2009

 

 

 

El cuento del Martillo